domingo, 29 de mayo de 2011

SUPERELLA Y LOS GLADIADORES

Por la mañana Fashion City se vio agitada por la llegada de camiones, automóviles, bicicletas, sulkys, monopatines y demás elementos móviles. La agitación, sumada al ruido de relinchos, tornados de quejidos, mugidos de chanchos y especulaciones mediáticas, se vio finalizada cuando el circo de los hermanos Putini anunció su arribo y próxima apertura. A Superella no le gustaba el circo, la última vez que había ido, sus relucientes botas de diseño habían quedado cubiertas de mierda de elefante. Sin embargo, sospechaba que uno de sus habituales archienemigos, el sádico Peterete, podía trazar un escabroso plan para arruinar la diversión de los fashioncitenses. Así que por la noche, se calzó las galochas y se apersonó en la carpa principal.
—Santo y seña —dijo un portero, un mono amaestrado con un ridículo sombrerito vistoso adornando su cabeza.
—Martín de Porres —respondió Superella y luego procedió a hacer un fuck you ascendente con su mano derecha.
—Pase –dijo el mono.
Superella caminó lentamente por el largo y oscuro pasillo, siguiendo el invasivo olor a bosta.
—Por acá no se puede pasar —exclamó un enano desnudo mientras enjabonaba a otro enano, también desnudo.
—Estoy buscando a Putini.
—¿A cuál? —preguntó el enano, cualquiera de los dos, da igual.
—Al más viejo—. Superella estaba comenzando a fastidiarse y eso se reflejaba en el color verdoso de su supermaquillaje.
—Siga ese pasillo hasta la pista principal, donde están los artistas —dijo el enano. El otro.
Superella fatigó el pasillo hasta llegar a un enorme hall rodeado de docenas de butacas. En el medio de una pista de cemento pintada de rojo, vio a un grupo de robustos hombres practicando sugerentes y muy reconocibles acrobacias. Eran los míticos Gladiadores del Sexo Anal. Los reconoció de inmediato.
La primera vez que se tropezó con uno de los gladiadores del sexo anal vestía de rojo. Él, no ella. Iba con su herramienta de trabajo en la mano, seguramente venía de romperle el culo a alguien, o a punto de hacerlo. Superella decidió seguirlo hasta una vieja y enorme casa en las afueras de la ciudad. En ningún momento dejo de sostenerse la descomunal tramontina, y eso le resulto ligeramente sospechoso. ¿Es que acaso necesitaba algún tipo de preparativo previo a la follada anal?¿Qué misterio se escondía detrás de los Gladiadores del Sexo Anal? Tal vez ahora podría averiguarlo. No había señales de Putini ni de su hermano, Putini, así que se detuvo a hablar con alguien cerca de una puerta, seguramente alguna especie de guardia o proxeneta.
—¿Cómo los seleccionan? —dijo, señalando la pista.
—No es de su incumbencia.
—¿No sabe con quién está hablando?
—No.
—Soy Superella, la héroa máxima de esta ciudad.
—Aja. Yo no soy de esta ciudad.
Aquel tipo parecía tan cerrado como los esfínteres de los espectadores amontonados en las gradas montadas alrededor de la pista. Y fue allí, justo al mirar casi por descuido, o por la necesidad de encontrarle una forma de seguimiento a una aventura sin sentido pero con lenguaje explícito y escenas fuertes para llamar la atención de los censores y de los intelectuales venidos a menos que ven un pene en una coma, que divisó a Peterete, el cruel villano que asolaba la ciudad. Se lo veía ansioso, esperando el momento en el que los Gladiadores pidieran un voluntario. De hecho, ya tenía las dos manos levantadas. Superella no podía saber si aquello era parte de un descarado y malévolo plan que no alcanzaba a entender o si, por el contrario, se trataba de un acto de gaysmo sin precedentes. Decidida a averiguarlo se lanzó hacia allí, con la precipitación de un objeto cediendo a la ley de gravedad. No tomó en cuenta que uno de los Gladiadores estaba ensayando en ese momento el conocido acto de sostener la paloma en el mástil y fue golpeada con la fuerza de un huracán, sólido y poroso.
—¡Carajo! Casi me arrancó un ojo —gruñó mientras caía al piso con glamour.
—Es culpa suya por no fijarse por dónde vuela. Ya que está acá, ¿no le interesa participar del espectáculo?
—La verdad que no, estoy en una misión.
—Lástima —se lamentó el gladiador mientras la ayudaba a levantarse sin usar sus manos.
En ese momento, Superella fue agredida por un objeto contundente y de consistencia ligeramente acuosa. Del otro lado de la pista, Pene el Cruel lanzó una risotada al aire mientras escupía hacia todos lados y se dio a la fugazzeta. La presencia de semejante personaje la desconcertó por completo. Ignoraba cuál sería la relación de los hermanos con ese salvaje malhechor, pero no dejaría de averiguarlo. Si tenía que elegir entre quedarse en aquel sucio antro o perseguir a su atacante, prefería esto último. Pene el Cruel corrió por otro de los pasillos oscuros de la mastodóntica carpa y se perdió entre un grupo de conejos. Superella lo perdió de vista, pero reconoció el particular olor a bosta que había percibido al entrar. Evidentemente, la presencia de Pene el Cruel tenía bastante más relevancia en el circo que la que ella había sospechado.
Al doblar en un recodo, fue alcanzada por una red hecha con las más destacadas sogas de La Salada que la estampó contra el suelo como si fuese una tortilla de increíble glamour. Peterete reía desde un costado. Pene el Cruel apareció erguido en su completa inmundicia. Todo no había sido más que un miserable plan para capturarla.
—Todo esto no ha sido más que un miserable plan para capturarme —dijo Superella, mostrando su increíble astucia.
—Así es, todo esto no ha sido más que un miserable plan para capturarte —dijo Pene el Cruel, descorchando su sadismo sin límites.
—Será tu fin, vuitonica mujer —dijo Peterete—. Nunca tendrías que haber querido averiguar lo que se esconde bajo la carpa.
—Oh, no —se lamentó Superella, acentuando el dramatismo de su queja—. ¿Y ahora quién podrá defenderme?
—¡Nosotros! —dijo un coro de viriles gargantas erectas.
En ese momento, aquel túnel circense se iluminó con la presencia de docenas de chipotes chillones que fluorescentaban en medio de la oscuridad reinante.
—¡No, son los Gladiadores del Sexo Anal! —gritó Pene el Cruel—, debemos huir.
—Yo preferiría quedarme —dijo Peterete, con un inequívoco gesto lascivo que le desbordaba entre sus labios cubiertos de baba.
—¡Qué tu culo sea tu consuelo! —gritó Pene el Cruel, huyendo desaforadamente por los pasillos inexplicablemente construidos en la roca más dura.
Los Gladiadores cortaron las ataduras de Superella y se quedaron de pie, como un imbatible ejército de lubricidad desenfrenada.
—Gracias —dijo Superella, tratando de no tocar nada que no pudiese llevarse a casa después—. Ahora tendré que entregar a Peterete con las autoridades.
—No, nosotros nos encargaremos de él —dijo el Gladiador máximo, sin siquiera tener que mover sus labios.
Superella asintió, tratando de que su barbilla no tocara nada que no pudiese llevarse a casa después y se marchó de vuelta a casa, donde un ropero por arreglar la esperaba.
Se dice que esa noche, el terrible Peterete, recibió su merecido. Casi quince veces sin parar.

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