sábado, 9 de julio de 2011

EL CHUPADOR DE NAVONA RESUCITA A LA HEROÍNA

En el espacio exterior a éste, la nave que llevaba de vuelta a Fashion City el cadáver de Superella dio una vuelta en U. De inmediato sonó el silbato de un policía de la Metro. La nave detuvo su marcha pero, sin la fuerza de los motores, giró en caída libre atraída por la fuerza gravitacional del planeta Navona.
El estrellamiento fue terrible. Miles de habitantes murieron en una sucesión de terremotos, derrumbes y desnudos que hizo que los noticieros aumentaran su raiting a niveles inconcebibles entre los sobrevivientes y Ernestino Magneto, líder de la única cadena planetaria se permitiese salir corriendo en calzoncillos al grito de: ¡No se va a acabar, no se va a acabar, el negocio universal!
A pesar del desastre ocasionado, la nave caída del cielo no se había destruido. Un ser, vestido de verde aterciopelado, tan suave por fuera que parecía de chiffón, se acercó a la compuerta y emitió un sonido extraño, una especie de slurp, la compuerta se abrió. Ingresó a la nave, recorrió sus pasillos en busca de la heroína que lo había cautivado. Debía resucitarla.
Encontró a Superella muerta pero intacta, toda su belleza tetona permanecía sin marcas visibles. Por dentro, Superella era un licuado de frutilla y mango.
—Permiso, Superella —dijo el chupador de Navona y le tomó las piernas, las separó. Un apéndice brotó de su boca, casi una manguera verde, y lo aplicó en modalidad intrapiernosa con un sonido agudo pero sabrosón.
La súper piel se fue tiñendo de un rosado envidiable en su tono de bronceado peninsular. Ni la Pamela de Guardiana de la Bahía le llegaba a los tacones; la vida le fue inundando como tsunami y la ricura fluyó por sus venas de a poquito.
El maestro Ogui observaba desde la mesa 4, tomando un licuado de gargantúa e hizo un gesto a Spock, de esos con las manos que son tan famosos hoy día.
Poco a poco, Superella, fue recobrando el conocimiento y descubrió al chupador de Navona con su lengua, en cierto modo bífida, en su entrepierna. El enfado de Superella fue tal, que en un movimiento veloz de pernil de cuatro jotas, le propinó un patadón en la zona cojonil del señor chupador… y no, no se enfadó por tener la lengua de éste en partes no concernientes al tema, era una simple cuestión de higiene, no se había lavado los dientes.
—Asqueroso sobador –dijo Superella-. ¿No te podrías dar una enjuagada de vez en cuando?
La superhéroa se puso de pie y observó la mugrosidad de su anteriormente glorioso traje. Esto es espantoso, se dijo, hasta se me ve la tanga. Por un segundo pensó que podría hacer una canción con esa frase, quizás una cumbia para Time Warner Sony Columbia Emi Cachafaz Capitán del Espacio Company, pero luego desechó la idea. A su tanga le faltaba armonía con toda la suciedad espacial acumulada.
—¿Y ahora que hago? — dijo—. ¿Habrá Gucci en esta pocilga de planeta?

—Yo no me preocuparía tanto por eso —sentenció Ogui, limpiándose los restos de gargantúa que había derramado sobre su próstata en plena euforia voyeurista—. El efecto de la saliva milagrosa del santo chupador sólo tiene efecto hasta próxima luna nueva.
—¡¡Carajo!!
—Pero podemos hacer un hisopado de esos fluìdos portadores de vida y criogenizarlos para poder ser utilizados a la primera de cambio. Eso sí: el hisopado es un procedimiento algo doloroso y no se puede hacer bajo anestesia porque se corre el riesgo de alterar su acidez y lograr el efecto mórbido contrario.
—¿Entonces?
—O se hace reconstrucción del hecho cada luna nueva o...hisopado.

—A mí —dijo Superella cubriéndose sus partes pudendas con la cartera Chantel—. A mí nadie me hisopa nada.
En ese momento se abre la compuerta y entra un hombre alto, rubio, de ojos celestes, una pera una tanto grande y un hoyuelo en el mentón y dice:
—Soy el Dr. Kilder y puedo solucionar este merengue. En mis estudios de guiones alterados salvé miles de vidas, y unca nadie me preguntó cómo lo hacía.
—¡Un momento! —el Dr. Mac Coy se abalanzó sobre la heroína para protegerla—. Este tipo es un falso médico, yo soy del siglo XXIII y tengo la posta.
—¿Falso médico? Puedo traer al doctor Gregory House para que testifique en mi favor.

—¿Ese! —exclamó Mac Coy conteniendo una carcajada vomitiva—. Ese no testifica a favor de nadie, ni siquiera de sí mismo. —Ogui pidió otro gargantúa y Alex Benteveo y Sigfrido von Capo entraron a la carrera.
—¡Otra vez se está yendo la trama al carajo! —aullaron al unísono, blandiendo los pendraivs que contenían los capítulos precedentes de esta saga.
—Nada de eso —rebatió Mac Coy—. Esta trama está perfectamente anudada. Lo digo con conocimiento de causa. Cuando yo era judío mi yiddishe mame me enseñó a tejer. Miren.
Todos se inclinaron para ver. Era cierto. La trama era perfecta. La trama apareció ante sus ojos, desnuda, brillante, como un juego de telas o de fuegos. Y todos vieron todo. El universo, la Metro (comandada por el perverso Ministro Oídos), las calles de Fashion City, Miky, los villanos, la orgía que conmovió los ojos de los jueces de la suprema Corte (confrontar: Ogui vs. Luisiana State Prison Break Under Hell), las naves, los olimpos, la vida, el verso.
—Realmente ustedes están locos —exclamó el lector desde la realidad.

—Tiene razón el lector —dijo Superella y se pasó el rizador por el flequillo—. Están locos, son unos desquiciados, y encima nadie me soluciona el problema de mi resurrección cíclica. El Chupador de Navona me sometió a sus instintos, me avivó un poquito. Pero ya me siento desfallecer, mi vida se escurre como la arena entre los dedos…
—¡Cagamos! —dijo el Regente Maurice —el chip de la rubia tetona está fallando, conectó con el canal de metáforas simples. Cambie el rumbo Comisionado Palacios, de inmediato, o esto se hunde.
—¡Esta historia está fallando, Capitán! —gritó Scotty, mientras devoraba un pedazo de torta—. Los lectores no van a resistir, tenemos que teletransportarnos a Fashion City y empezar de nuevo.

—Paren, esto se arregla fácilmente con mis bolas —dijo un rubio robusto al que todos se quedaron mirando—. Las bolas del Dragón, manga de homosexuales.
Un ahhh de decepción cundió entre varios de los presentes.
—Bueno, yo pido un deseo y ya está –dijo el rubio Gokú—. Miren, quiero volver a Fashion City.
Inmediatamente todo volvió a la normalidad. Aunque algunas quejas se dejaron a escuchar.
—Ah, cierto, me olvidé de avisarles que los deseos vienen con la maldición de una diarrea explosiva —dijo Gokú.
En el espacio nadie escucha tus gritos, pero en aquella nave, los gritos por un baño sacudieron toda la atmósfera de Fashion City. Como cualquier otro día en cualquier otro comic.

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