lunes, 18 de julio de 2011

LUCHE Y VUELVE

Pene el Cruel, miraba atentamente el televisor. Las noticias hablaban de la captura del sádico Peterete, el villano más cruel que hubiese conocido el universo todo.
Mientras, en su Cuartel General, los Gladiadores del Sexo Anal se entrenaban con fuerza y lubricantes. Superella los observaba lujuriosamente, pensando que aunque Pene el Cruel estuviese libre, si ella y los gladiadores unían glúteos, nada podría detenerlos.
Superella, al observarlos, se tocaba. La energía generada por el roce erótico amenazaba con transformarse en el poder, la habilidad, más terrible de nuestra héroa. Con ella, podría conquistar los mall de Miammi, las Tiendas de Parías, los verdugos de azul de Praja. Pero antes debía pensar en el bien, en la comunidad, en los negri. Y entonces, previo a partir al encuentro de Pene el Cruel, decidió hacer obras de caridad, mínimos actos de cielo.
Rescató a un gato de un árbol (obligado acto de superhéroe). Atrapó a un par de criminales de poca monta que se dedicaban al robo a bancos de esperma. Y, por último, se enfrentó con El Cabezón, un dealer de los suburbios de Fashion City que, casualmente, era candidato a gobernador.
El regente Maurice, bajaba en las encuestas encargadas para el mes de las primarias. Contrató a un experto en propaganda y embobamiento del votante que le sugirió inventar acciones de gobierno, llenar la ciudad de carteles amarillos con fotos de personas, que Maurice ni registraba, con la leyenda “Vos sos bienvenido”.
—¿Y este a quién vendría a representar? —preguntaba el regente ante cada foto.
El encargado de propaganda le explicaba:
—Esto es un estudiante de escuela pública, esto es un anciano sin recursos, esto es un pobre, esto es un discapacitado, esto es una embarazada madre de quince hijos…
Mientras tanto, en el otro extremo de la ciudad, Superella estaba atravesando una profunda crisis: después de todo, estar todo el tiempo vestida con ropa chic e impecablemente peinada por su exclusivo estilista Johnny el Bello, para que la reconocieran como la heroína que era, le resultaba muy agotador. En esos momentos oscuros, elegía cubrirse de un manto de invisibilidad para eludir los pedidos de auxilio: jeans sin marca, gastados, zapatillas berretas, el pelo totalmente desgreñado, y, horror de horrores, nada de maquillaje. Así vestida, se sentía un ser insignificante, una más de los miles que pueblan Ciudad Fashion y podía escurrirse, sin ser notada, por los lugares más insólitos. Pero, antes de salir a la calle, no podía evitar mirarse al espejo, preguntándose quién era ella realmente.
—¿Dónde vomito? Demasiado asco es todo esto —dijo Superella en voz alta.
Pensó que cada mañana, una se levanta con la esperanza de que la estupidez humana haya cedido un poco. Hacia la noche, la esperanza se ha hecho trizas de nuevo y una se va a dormir con la sensación de que la estupidez se ha apoderado de otro milímetro de una. Y que una nada puede hacer contra eso.
—Sí, se puede —dijo una voz grave, profunda, que hizo temblar las paredes.
—General —dijo Superella, mirando el rostro adusto de Perón—. Tíñase de rubio, héroa compañera y vuelva con nosotros, los Gladiadores.
—Usted… usted es el líder de los Gladiadores del Sexo Anal?
—Y quién otro? Ahora, tíñase de rubio bien fuerte y vamos.
—Sí, mi General.
—Apúrese, que en cualquier momento llega el cargamento de alpargatas que le pedí a Jauretche. El imberbe de Pene el Cruel está levantando el parquet de los departamentos de los fashioncitenses y la humareda del gran asado oligarca sube clamando justicia hasta los cielos.
El brillo volvió a los ojos de la héroa nueva rubia. Se dirigió a su vestidor y cerró el biombo para arrancarse los harapos clasemedieros de encima y forrarse de heróica moda de una vez por todas. Ella y el General salieron al EllaMovil, sus lentes oscuros brillaban en la escena y un peatón casi cae en una coladera por la distracción.
—Acelere, Superella —apuró Perón, colocándose su casco—. ¡A hacer Justicia!
Rechinaron las llantas y el EllaMovil salió disparado.
—Que se cuide Pene el Cruel —dijo ella—, su vasectomía va en camino…
La Penecueva era un lugar inexpugnable. Superella y el general observaron la fastuosa construcción. Los Gladiadores del Sexo Anal ya habían tomado posiciones, una más erguida que la otra. En una motoneta, Jauretche traía su cargamento de alpargatas para la lucha inevitable.
—¿En serio? —preguntó Superella—. ¿Penecueva? ¿No se presta al chiste fácil?
—Supongo que sí, pero es lo que hay. No podemos esperar que aparezca un Joyce para mejorar los nombres.
—Acá estoy —dijo James Joyce, que venía atado a un mástil.
—¿Para qué es el mástil?
—Es por la lubricidad tentadora de los Gladiadores. No quiero ser presa de sus dotes.
—Dame, Señor, coraje y alegría para escalar la cumbre de este día —imploró en cita Superella, clavando fijamente su mirada en las colosales figuras erguidas.
—Todo destino es largo —disparó Jauretche, también contemplando de soslayo a los gladiadores y comparándolos métricamente con el pobre mástil de Joyce.
Y blandiendo una alpargata en el aire, se dirigió a Superella y prosiguió.
—El arte de estos tipos es desmoralizarnos y los deprimidos jamás vencen. Por eso ¡combata usted alegremente, m'hija! Que nada grande se puede hacer con la tristeza ¡arremeta nomás y no se me reprima!
—Es verdad. Déjese de zonceras, che, hágalo por la causa —sentenció el General.
Y dicho esto, ambos recularon como veinte pasos atrás, dejando a Superella como única y digna carne de cañón.
—¡Alto! —exclamó asqueado Moscán Estebiarda—. Esto me huele a gorilas en la niebla, pero sin niebla.
—Así se habla, cumpa —la mismísima Eva aplaudía la intervención—. Esto nada tiene que ver con la lucha contra el régimen y los descamisados. Don Arturo, vuelva en sí. Compañero General, con estas cosas le hace el juego al enemigo. ¿Quién es esta rubia tilinga? —agregó Evita mirando a la héroa.
—Yo soy Superella, y no puedo luchar contra el régimen, tengo tendencia a engordar.
Mientras tanto lo gladiadores seguían erectos, aunque intimidados por la presencia de la abanderada.
—Bueno, manga de imberbes, no puede ser que acá nadie termine haciendo nada —intervino el General, adelantándose los veinte pasos que había retrocedido—. Tío Campora, humille.
En ese momento, como un bólido flamígero, el Tío Campora, guiado por la grave voz de Perón y armado con dos alpargatas, se arrojó hacia las fauces mismas de la Penecueva. Una explosión nacional y popular se elevó como un hongo justicialista que clamó a los cielos ante el impacto contra el mal. El silencio cubrió el campo de batalla y solo los Gladiadores se mantuvieron erguidos sin parpadear.
—Se fue —dijo el Tío Campora, emergiendo de una pila de escombros.
Y confirmando sus palabras, se vio en el horizonte, al Penecóptero, alejándose de las ruinas. Desde allí, Pene el Cruel hizo gestos obscenos y vociferó chistes de mal gusto. No, esta vez no lo atraparían.
—Maneje, Chupete, maneje.
Chupete Rúa, el piloto de Pene el Cruel, tomó lentíiiiiisimamente los controles del aparato y enfiló hacia lo desconocido, dejando a nuestros héroes en erecta espera.

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