miércoles, 6 de julio de 2011

OBJECCIONES ESPACIALES DE UN PEPINO CÓSMICO

Por fin, la nave despegó. Superella en la silla del Capitán Kirk, y el Capitán Kirk en la cocina con Sulu, preparando la cena. El teniente Ru Paul y Spock en los controles, Sigfrido y Alex en sus puestos de navegantes.
Comala había quedado lejos, Fashion City ni se diga: lejísimos. La velocidad fue aumentada y a nuestra héroa se le regó el café descafeinado en el asiento.
Luego de sus innumerables aventuras, Superella llegó al espacio. Guiada por el maestro Ogui, siguiendo la trayectoria de un pepino interestelar que se remontó a la estratósfera, siguió por la atmósfera, agarró el ramal Tigre de la línea 60 y sintió como su traje de héroa se iba llenando de polvo de estrellas. Mugre, chatarra, cachos de matambre que orbitaban en el sistema solar, en la Vía Lechosa de Milkybar.
El problema consistía en que dicho sector de la galaxia era gobernado por un tal Miky, apolítico de raza, y entonces todo era un desastre: no había un agujero de gusano digno que te llevase a tu casa o trabajo en tiempo normal. Pero Superella era ingenua, hueca, naif. Y solo le importaba lo bizarros dibujos que llenaban las pantallas de la Enterprise. Aunque, en última instancia, sintiera ese calorcito tan especial por Zulu.
Oye Zulu, ¿qué cosa es eso que llevas puesto preguntó Superella, coqueteando.
Se llama Tutú respondió el chino planetario, es para bailar ballete, ¿verdad, Ru Paul?
Aquella morena quedose callada, nomás viendo cómo Zulu le guiñaba el ojo. Superella ni por enterada de esa jotería, pero se sentía soñada. Mientras la nave Interplatanaria se internaba en el sector de Milky, el amor se sentía en el aire, con el aroma a milanesa desde la cocina.
¿Y la paella? dijo Tutú.

—Fascinante —dijo el Sr. Spock enarcando la ceja izquierda—, en este viaje interestelártico hemos cambiado el nombre del contramaestre Sulu varias veces. Ahora lo voy a llamar Putu.
—¡Más putu será tu abuela, Spock! —dijo Sulu correteando por la nave para evitar que Superella le quitara el Tutú.
Un estruendo hizo temblar el plató de la nave y el Almirante Nelson dijo:
—¡Kowalsky, levante el periscopio que se acerca un ojebto extraño!
—El sonar está activado, sargento Sanders. Tiene forma ovalada, es verde y tiene una especie de granitos.
—¡El pepino! —anunció Hoss
Cartwright.
—¿El tutú habla? –preguntó Superella, al ver, o mejor dicho, escuchar la prenda parlante.
—A mi todo me habla —respondió Sulu, haciendo un gesto inabarcablemente obsceno-. Pero la cuestión es si ya terminó de hacerse la paella.
Superella iba a decir algo, pero en eso entró Scotty, el ingeniero de la nave, comiendo ingentes pedazos de torta y escupiendo mientras daba gritos y hacía esta oración innecesariamente larga.
—¡Los motores no resistirán! —bramó.
—¡Yo no soy gorda, tengo huesos fuertes! —gritó Superella, adelantándose a las miradas que ya algo iban a decirle.
—¿Por algo te llaman Súper, Ella? —el siempre enigmático RuPaul, se acomodó el intercomunicador inalámbrico en la oreja y prosiguió—: Capitán Kirk, Estoy recibiendo una comunicación del pepino cósmico.
—Conecte la pantalla, Ru —dijo Kirk después de limpiarse la pera de tinta de calamar asesino de Kroken, un planeta pequeño de los confines de la vía Milkybar.
Se corrió el telón y dejó ver en todo su esplendor al tripulante del Pepino Cósmico, que comenzó su parlamento:

—Soy el último representante de una especie casi tan antigua como el universo, actualmente en extinción…
—Se incendió y le dieron con el tubo rojo —se burló Tsulu, por lo bajo. Había vuelto a cambiar de nombre y de personalidad.
—¡Silencio! —bramó silenciosamente Spock—. Déjelo seguir.
—Mi misión es recolectar material genético para rediseñar nuestra especie y he descubierto que su nave transporta tejido orgánico de primera, ideal para cruzar con el mío.
—¿Quién? —dijeron a coro todos los tripulantes de la nave.
—No sé el nombre, ni me importa. Es joven, forma parte de la división que ustedes denominan “sexo femenino” y tiene una inteligencia superlativa.
—Superella no es —dijo Alex Benteveo un segundo antes de quebrarse.
El Pepino Cósmico se acercó a la pantalla para ver quién dijo eso, la luz le dio en la calva y se escuchó una expresión que hizo temblar la nave:
─ ¡¡¿Willis?!!

—El mismo que viste y calza, baila y sonríe con labios de piedra pómez.
Willis, después de haber cruzado varias veces una Avenida bastante perdida, llena de poligrillos, mancusadores y escruchantes, venía a hacerse cargo de lo que fuera, de la sonrisa leve de Spock, del tutú parlante de Zulu, de la barriga de Superella (aunque era otra, su clon eficiente) y de todo otro pecado que hubiera sido cometido en la nave. Pobre Willis, estaba frito como un pollo mojado.

—Vengo en busca de Betty, Peggy, Julie o Mary. Me dijo un morocho dientudo peinado a la gomina que andaban por acá.
¿No era que no sabía el nombre? —Sulu lo codeó a RuPaul y se rieron, ambos, por lo bajo.
—¡Basta! —el grito hizo vibrar la pantalla de plasmatrón—. Manga de pelafustanes de cuarta. Vengo en son de paz. He tripulado este pepino cósmico por siglos. He recolectado objectos por toda la Vía Lactosa de Milkybar y me he arriesgado a entrar en el Cinturón de Oreo.
—Entonces —dijo RuPaul tocando el hombro de Sulu —viene a buscar a la gorda. ¡Superella, el Pepino te requiere!

—No puede ser. Yo soy fashion y los sentimientos de este no me importan un pepino. Seguro que la busca a ella, a la no súper —concluyó señalando a Tzulu.
—¿Yo señor? —dijo el mentado haciendo mohínes—. No señor.
—¿Pues entonces quién la tiene? —dijo Kirk.
—Peor —refutó Spock—. ¿Ahora quien podrá ayudarnos?
—¡Yo, por supuesto! —exclamó un mamarracho ridículo vestido de verde apareciendo del espacio exterior—. ¡El Chupador de Navona!
El coro de la tragedia griega, La Doce, hizo su entrada:

Y chupe, chupe, chupe
No deje de chupar
Que chupe lo que chupe
Lo vamos a putear.

—Esto no me puede estar sucediendo —dijo, pensativa, Superella—. Bruce Willis en plasmatrón HD —mordisqueó una pastilla de cloplarzolam mojada en leche de camella—. Estos tarados de la Enterprise, fuera de época —engulló diez empanadas de pollo—. Los groseros de La Doce, me voy. Me muero.
Y exhaló su último suspiro tras un eructo que tronó en todo el universo.

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