sábado, 18 de junio de 2011

BICENTENARIO A LAS PATADAS: Superella contra Mortadelo

—Los escritores, ¿son un grupo de villanos o de locos? —preguntó Superella pero más bien era esa una pregunta retórica.
—Las Gras Trans son las villanas de este episodio. Comandadas por Mortadelo, estas supervillanas sólo tienen habilidades relacionadas con la química de los alimentos. Mortadelo, en realidad, esconde su identidad tras la efigie del respetable doctor Colmillot, un astuto comerciante de imágenes y huecos para el bolsillo de la dama y la cartera del idiota —dijo el Chino, Alfred para los amigos.
—Lo que vosotros no sabéis —dijo Ortuñón de Manises, saliendo de la página 18 de un tebeo— es que Mortadelo fue asistente de Bruce Willis en Duro de Matar XVII; no le fue mal pero quedó asqueado de tanto limpiarle la calva de sangre falsa.
Esa mañana, además del Bicentenario de Fashion City, se cumplía un año desde que Mortadelo había evitado a toda costa aquella boda de Superella con su ex jefe. Momento memorable recogido por “Calle ahora o hable para siempre”, tanto que marcó una enemistad digna de una fiesta con Sauron y Frodo…
—¿Y ahora qué? —dijo Alex Benteveo—. Tenemos tantos personajes que no va a alcanzar el catering que contratamos.
—Podemos comprar salchichas y pan de panchos —dijo el chino, que ya se imaginaba incrementando la caja diaria de su supermercado, "El Argenchino Gauchazo".
—Una paella para mí, ¿podréis apañaros para elaborarla? Con conejo, por favor.
—Chino no querer más superhéroes en supermercado. Chino cansado de ropa ajustada de Superella. Chino no poder controlar líbido por las nubes. Chino se transforma. Argggggg —y el Chino se pone tan caliente que se transforma en la bestia, en el Increíble Mao Mao.
—No sé por qué el chino se pone a hablar en tarzanesco —dijo Alex Benteveo mirando con acritud a Sigfrido von Capo.
—Yo no escribí ese párrafo. Fuiste vos.
—¿Yo? ¿Qué mosca te picó?
—¿Mosca? Un moscardón, será.
—Morcardona.

—¿Moscarda?
—¿Tenemos una botella de moscarda? —Alex se removió en la silla, paladeando por anticipado el moscarda añejo que Sigfrido atesoraba en su bodega.

—Un moscarda cosecha 1975 que podría venderse en quince mil euros en el mercado de Añejos de Chateax Chantibril.
—¡Vengan a “El Argenchino Gauchesco”! —gritó el chino—. Oferta dos por uno y un chocoarroz de regalo, diecisiete pesos.
—Eso es competencia desleal —dijo Alex, súbitamente deprimido.

—Esto se espesa –dijo Superella.

—Eso no es nada –dijo Benteveo—. Ahí viene Mortadelo. Esto huele a trampa.
—Y el de al lado no es… ¿Filemón?

—No, es Pastrón.
—Es Filemón. Son los malvados Mortadelo y Filemón.
—No, te digo que son Mortadelo y Pastrón.
—Pero…

—Pero, nada, callate boluda —espetó von Capo mordiéndose las uñas—, ¿o querés pagar derechos de autor? Es Pastrón, Pas - trón, nada de Filemón. Y por otra parte, así como el general Ircam tiene de ladero al rabino Rabinovich, a nosotros nos conviene un poco de pastrón para que la colectividad nos tenga en cuenta, ¿no es cierto, doña Rebeca?
Mientras, en un puesto de morcipán clandestino, esperando el tenedor cómplice del enmascarado Alfred, un tentador espécimen de negra morcilla candombera, mezcla pura de sangre, cartílago, piolín caliente y corazón, oriunda del sur, de los más bajos instintos frigoriferos, yace bajo cuatro candados y a las brasas. Si antaño la negra pudo con don Lisandro y regenteó a lo lindo el bulín de la carne, qué no iba a poder con esa masa de giles que creen que la leche nace de un sachet.
El talismán de su piel caliente indicará cuando es la hora. O el timer de la parrilla, sé igual…

—¿Me hablabas, hijo? —Doña Rebeca puso la mano en la oreja—. Estoy un poco sorda y mi hijo que no me consigue el aparatito ese para oír mejor.
—Nada, nada, doña Rebeca. Le hablaba del pastrón y el pepino —a Sigfrido von Capo se le hizo agua la boca.

—¿Pepinos, iguerkes? Te doy la receta.
—Ahora no, doña Rebeca, estamos en un cuento y parece que la guerra empieza de nuevo, después de 200 años.
—¿No le digo todos los días a mi amiga Golde? ¡La inseguridad nos está matando!

—Vamos señora, que no tengo todo el día —dijo el chino, amoscado.
—Cierto. Dame 200 gramos de morta, chino. —Doña Rebeca apuró la cuestión.
—Dejámelo a mí. Mortadelo, detente o te fileteo, a vos y a Filemón.
Mortadelo y Filemón comenzaron a romper todas las botellas de moscarda. El Increíble Mao Mao no lo toleró ni siquiera un segundo. La guerra había empezado.

¡BANG!
Superella llegó de un salto ─como Kramer en Seinfield─, y comenzó a repartir sopapos a toda la concurrencia. Le tocó hasta al pequeño que cuidaba las bicicletas nucleares en la banqueta. Les volteó el hocico como una maestra ninja sin despeinarse un ápice. Al tiempo que iniciaba la madriza legendaria, se escuchó un ruido como de motor fuera de borda. Ya venían a hacerla añicos, pero ella, tomando una capa Hilfiger se desvaneció en los vericuetos del hiperespacio pero debió pagar el precio de escuchar la voz del inefable Tommy haciendo declaraciones antisemitas, contra el colesterol bueno y contra los pepinos macho. La voz les dijo:

—No tengo sangre. Yo la bebo…
—Usted beba lo que quiera —dijo la Policía de Derechos de Autor—. Pero acá se acaba de producir una violación.
—Bueno, violación… —trató de suavizar Sigfrido—. Tal vez un estupro de homenaje.
—Homenaje nada. Ustedes dijeron Filemón, yo lo leí bien clarito. Si juntan Mortadelo y Filemón, están cometiendo una clara violación.

—Era Pastrón, Pastrón. Además, ya terminó el cuento, los villanos están vencidos.

—Nada, se me van todos a la patrulla.
Mansamente, los personajes entraron en el camión policial. Doña Rebeca los miró pensativa. Pastrón, tendría que haber pedido pastrón en vez de mortadela.

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