jueves, 30 de junio de 2011

PIÑATAS ERAN LAS DE ANTES

A todo chancho le llega su San Martín y a Superella, aunque no lo parezca, también le llegaban los cumpleaños. Aunque ella decía que uno de sus superpoderes era hacer ir el tiempo hacia atrás, las arrugas la iban denunciando. Y además, pese a sus negativas a aceptar la cronología de la gravedad corporal, le gustaba que le prepararan algo para su cumpleaños, que le hicieran regalos, en fin, que le hicieran la fiestita.
Los creadores de la Conspirofagia y Miedocitosis, exitosa red de generadores de miedo y afines, se habían propuesto destruir la última piñata, el más preciado de los elementos con que contaba Fashion City para divertir a Superella en sus momentos de distensión sana. Empresa de gran envergadura, claro, porque la defendían hasta los peores enemigos de Superella.
—¿En verga dura? —preguntó Mix Mux, que acababa de hacerse hombre pero todavía estaba lejos de comprender los códigos adecuados para ejercer—. Yo me postulo.
—Es lo menos que podés hacer —le contestó Supertodos—. Todas pústulas que te quedaron como secuela de tu transformación te hacen el candidato perfecto para la pustulación.
—Me postulo, dije —protestó el extraterrestre—. Por ahí no estoy del todo enterado de algunas cosas, pero el idioma terráqueo lo conozco desde hace rato.
—Ahora vienen los de Conspirofagia y Miedocitosis, la exitosa red de generadores de miedo y afines. Será una fiesta sorpresa. Superella no se imagina lo que le espera.
—¿Compraste remeras baratas en La Saladita?
—Sí, unos ochenta kilos de remeras, conjuntos de marca fraguada y zapatos de segunda selección, sin suela o sin capellada.
—¿Capellada? No sé qué es eso.
Remeras unitalla, claro está. Superella no aceptaría jamás que alguien se aventurara a adivinar su talla. Ya saben, lo único que puede uno especular es su talla de sostén, porque es obvia. La capellada es para que pueda volar sin que las agujetas se incendien y tenga que cambiarlas a cada rato. Súper, ¿no?
La cosa es que Mix Mux no tiene una puta idea de la Capellada y eso, queridos lectores unisex, es oro para nosotros. Sin más, seguiré con el relato. Cof.
Pero pasaron las horas y el interés iba bajando de nivel y enfriándose en varias tazas. ¿Transformaría la luz de un nuevo día esos breves destellos en palabras?
¿Llegarían las palabras entre los sorbos de café? Siempre uno espera a que alguien se levante, tome esta taza, la coloque en la bandeja junto a la suya y no nos deje solo con esta ceremonia. Alguno, que vuelva a tomar la posta y escriba en el rescoldo —¿caliente? ¿frío? — que la presencia de otro ha dejado. Sea como sea, hay que sacar algo para iniciar el diálogo.
—Satamente. Los pingos se ven en la cancha cuando la piñata viene medio desinflada.
—Ni idea de lo que decís, loco —dijo Superella y prosiguió como si nada—, y aviso: en mi cumple nada de sushi ni de esas cosas extrañas. Quiero un lechón bien adobado y a las brasas.
—Quiere un lechón bien adobado y a las brasas —dijo Alex Benteveo—. ¿De dónde lo sacamos?

—De la rotisería, mamón —respondió Sigfrido von Capo muy suelto de cuerpo.
—Un lechón bien adobado y a las brasas, pero mamón. ¡Pretenciosa la nenita!
—Mamón sos vos, pero no importa. Ella es… Superella. La hija de tu mente, y de la mía. Está destinada a ser la súper heroína que supere a todos los súper héroes de comic.
—¿Te parece?
Convocaron a Narda Pepes, la gran chefa de Fashion City, para adobar al lechón de peluche más primoroso que una heroína hubiese podido imaginar.
—¡Esto es el acabose! —dijo Doña Petronila revolcándose en la tumba—, ¿Cómo va a cocinar un chanchito de peluche? Estos cocineros modernos y sus asquerosidades caras, inútiles y escasas, por suerte.
—A la héroa le va a gustar, Petronila —dijo la ayudanta de cocina Balde—, ella es moderna, rubia y tetona.
—Nada, nada —gritó Petronila, cazó un lechonchito de seis kilos, lo degolló, lo desangró, lo cuereó, lo adobó y lo metió en una asadera en el horno de barro.
Pero había algo que todos desconocían: La ropa barata, las carteras truchas, las joyas de la calle, eran su talón de Aquiles. Cada vez que Superella estaba cerca de estos peligros su cuerpo se debilitaba, sus habilidades se iban a tomar unos mates y su mente se nublaba como si hubiese estado tomando dos litros de whisky arkentino. Esta debilidad solo la conocían Las Gras Trans.
—Y yo —dijo LaUna, vuelta de su circuito entre Alberdi y Lacarra—. ¡Quiero chancho mamón! Hago lo que sea pero no me puedo perder esa fiestita.
Mamita con el "hago lo que sea". LaUna era capaz hasta de jugarla de padrillo del querubín, el nonato bastardo de nuestra héroa.
—¿Te parece que esto no se está yendo para Plumas verdes? —preguntó Alex Benteveo.
—¿Dónde queda Plumas Verdes? —respondió Sigfrido von Capo haciendo gala de su proverbial ingenuidad.
—Muy cerca de la casa de Remedios Concepción, la esposa de Manolo Lalora.
—Tampoco conozco a Remedios Concepción. Me pierdo muchos contactos porque salgo poco.
Alex Benteveo rió por lo bajo. Estaba tentado de poner a Sigfrido como personaje de la serie, pero hubiera sido demasiado obvio. Justo en ese momento sonó el teléfono y Sigfrido atendió.
—¿Hola?
—¿Me das con el Alex, tío? Soy la Reconcha.
—¿Quién?
—La Reconcha, la mujer de Manolo Lalora. ¿No me recuerdas, tío? La del desmadre aquel durante las Fallas.
—Sí, diga.
—Digo que ya estoy cansada de las interrupciones de ustedes dos. Siempre abusando de la metaficción y la autorreferencia. Así que acá les voy a comunicar con Arturo.
—¿El que se va blando y vuelve duro?
—No, Jauretche.
—Miren –dijo Jauretche-. Ustedes se tienen que dejar de zonceras, porque sino después viene Animal Fronchates y se escribe un libro abusándose de mí y ya no sé qué hacer. Y además la fiesta ya empezó. ¡Viva Perón, carajo!
En el departamento de Superella se escucharon los primeros ruidos festejativos. Gritos, saludos, música, relinchos, serruchos, chanchos, hombres bronceados y cubiertos de aceite, eructos, soplamocos, tiros y corridas de mujeres desnudas cubiertas de grasa.
El plan malévolo de los villanos de turno no prosperó, por supuesto. Jauretche y el Restaurador, usaron todas las remeras unitallas para envolver los sanguches de miga sobrantes para reventa en plaza Once y se fueron por el foro, antes de que los alcance el punto del final.

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