domingo, 12 de junio de 2011

SUPERELLA SE QUIERE CASAR CON BRUCE WILLIS Y EL CHINO LE HACE LA VIDA IMPOSIBLE

—¡Me quiero casar con Bruce Willis! —dijo Superella, en su trajecito sastre, frente al espejo, en su identidad común y corriente de Linda Cartera, periodista, investigadora privada, abogada de familia y antropóloga.
Momentos antes, en el televisor, Willis había anunciado sus intenciones de casarse con cualquier meta-humano que le hiciera el amor en la atmósfera. Decía que era un morbo que venía arrastrando desde la etapa celestial (luego de la anal, oral, del Edipo, del Electra, etc.).
Pero no lo puedo hacer yo sola, pensó. Así que raudamente fue hasta la azotea de su imponente Torre LeMauro Viale y encendió la señal de sus compañeros de superaventuras.

En otro lado de la ciudad, Sarmiento y Alberdi vieron una escuela proyectándose en el horizonte.—Alberdi, dejá ya las pastas bases —dijo Sarmiento, que había terminado de tejer el pullover a medio hacer de su madre Paula Albarracín de Cahen Danvers—. Superella nos llama.
—Necito ayuda —dijo Superella hablando en riojano. Se le ocurría que eso estaba bien si el interlocutor era Sarmiento.
—Vamos para allá —dijo el sanjuanino.
—Gracias —dijo Superella. Se dispuso a preparar el equipaje, pero sonó el teléfono.
—¿Cómo te atreves a pensar en casarte con Bruce? —estalló la voz airada del chino tácito en la oreja de la superheroína.
—¿Estás leyendo mis pensamientos?
—Lascivos pensamientos de una casquivana cholula y consumista.

Superella colgó furiosa y se abalanzó sobre el vestidor para elegir el vestuario con el que viajaría a los Estados Unidos para consumar su unión con el hombre duro de matar, pero antes de que pudiera accionar el tirador de la puerta, el chino tácito se materializó en la habitación.
—¿Cómo es posible que…?

—Esto es un cuento, tarada —dijo el chino.
—No importa, no va a impedir mi casamiento.
—El artista marcial puede detener cualquier acontecimiento con el poder de su pensamiento –dijo el chino, sacando un revólver.
—¡Alberdi, no escatime sangre de chino para regar los campos de Fashion City! —dijo Sarmiento, reventando la puerta del departamento a puro golpe de cabeza de una maestra de colegio inglés.—¡Vinimos al rescate del orgullo europeo, nacional y popular! —vociferó Alberdi.

—¡Gracias, mis héroes patrios! —cantó Superella haciéndole panda a Sarmiento y llenándole la cara de besos. Teniendo en cuenta el tamaño de la cara de Sarmiento, le tomó unas buenas dos horas completar su faena. Mientras tanto, Alberdi reducía al chino con un boomerang de corto alcance que le había sido regalado por el Primer Convicto de Australia, Fenimore Cooperschmidt, quien a la sazón gobernaba la isla-continente.
—Esto no va a quedar así —dijo el chino—. Mil setecientos millones de chinos me vengarán.

—¿Mil setecientos millones? ¿Desde cuándo son tantos? —dijo Alberdi, quien creía eso de “gobernar es poblar” pero sin exageraciones.
—El maldito capitalismo nos trajo la pornografía, el consumismo y la inflación —se quejó el chino.

Y cómo no iba a quejarse. Mil setecientos millones de chinos mirando pornografía saturnina al mismo tiempo podrían ser capaces de causar mucho desastre si se les dejaba libres. Una suerte de arma secreta digna de oponerse a cualquier duro de matar o, mejor dicho, duro de casar.
—Ustedes no hablen —le espetó una estatua parlante a su derecha—. Los chinos sí que nos llenaron el planeta. Ahora estamos de gira por cualquier planeticucho de morondanga porque no dejaron de darle a la fucking dance.

—¡Paren! —gritó Superella —¿Después de todo este matete, alguien tiene una estrategia para casarme con Willis? ¿O se van a quedar masturbándose con la idea de población y esas pamplinas? ¡Háganme el favor, che! —culminó, deschavando su origen rioplatense la platinada héroa.
—Sí, convencerlo de las virtudes de la familia tradicional –dijo un hombre vestido con una camisa hawaiana rosa que entró por la puerta destruida del departamento.

—¿Y ese quien es?
—El portero —dijo Superella, porque el otro se atragantaba con un choclo y no podía contestar—. El Restaurador.
—Como decía —dijo el Restaurador—. Lo nuevo es lo viejo, eso seguro se lo gana.
—Este habla como el chino —intervino Alberdi.
—Nosotros tenemos uno mejor —dijeron al unísono Sigfried von Capo y Alex Benteveo.
—Vamos a secuestrar a Bruce metiéndonos en una película que vimos anoche —agregó Alex—. Esa en la que le habían raptado a la familia unos malvados y él tenía que conseguir una información y había un incendio y los malos disparaban con ametralladoras de grueso calibre.

—Acá está la llave para entrar a la película.

Mientras tanto, en Ciudad Lépura, Bruce Willis se pulía la calva mientras miraba en su pantalla el último catálogo de humanas con órganos sexuales aún en servicio. Ya saben, en esta época todo mundo se implanta cosas y uno no sabe si le comerán el pito de una mordida. La mañana llegaba y sus ojos se volvieron al cielo, pronunció sin pensar: Superella, que en ese momento soñaba con su casorio, pero en medio de una especie de orgasmo de organdí, no va que la héroa ve al chino que caza al vuelo unos agujeros negros y se los planta en sus calzas, mostrando que, bajo esa apariencia angelical, Superella tenía unos tremendos pelos en las gambas. ¿Se despertaría de esa?
—¡Momento! —dijo el querubín, importándole un comino romper con el hilo argumental.

—¿Quién es usted? —clamaron al unísono Sigfried von Capo y Alex Benteveo.
—Soy el bastardo de Superella y Bruce, tío.

—¡Pero usted todavía no nació! —bramaron todos los personajes de la novena.
—¡No nací, pero ya voy a nacer! ¡Y en flor de quilombo los voy a meter!
Y dicho esto, se dedicó a sacarse la pelusita interestelar que se le había pegado en el cordón umbilical que buscaba pista en un hotelucho de mala muerte, entre Ciudad Lépura y el Cabo de Pornox.

—Así nunca me voy a casar —dijo Superella, entre sollozos y mucosidad.
—Bueno, Willis no te convenía —dijo el Restaurador—. Además, seguro que es bufarra.

—Y nos tenés a todos nosotros —dijo el chino, abriendo sus brazos, ofreciendo el amor puro y sanador de los amigos.
—¿Los tengo a todos? —dijo Superella.
—Pero sí, tontita —dijo Sarmiento—. Las amistades no se matan.

—A todos…
La sonrisas se ampliaron mientras una efímera lluvia de miel caía del techo.
—Bueno, todos, entonces ¡vayanse a cagar, manga de eunucos pelotudos!
Y encerrándose en el baño, comenzó la atenta lectura de la revista Solteronas Hoy.

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